Conexión Andrómaco 34

| 10 | Hoy nos resulta difícil pensar la vida sin un celular, sin embargo el uso del teléfono móvil a nivel masivo es un fenó- meno bastante reciente. El primer dispositivo pesaba 2 kg y fue presentado por Motorola en Estados Unidos en 1973. Diez años después, la misma compañía lanzó por primera vez al mercado el Dynatac 800x, un teléfono móvil que pesaba 800 gramos, medía 33 cm de largo y tenía una hora de autonomía. Era el famoso “ladrillo”. El primer celular plegable aparece en 1989; el Motorola Micro tac pesaba apenas 303 gramos. Mucho más peque- ño y liviano, este aparato que podía trasladarse en un bolsillo conquistó al público. Durante la década de 1990, sus ventas crecieron de manera exponencial mientras se sucedían distintos modelos y se incluyeron los mensajes de texto. En 1999 Blackberry introduce en el aparato el e-mail y el calendario, entre otras cosas. Al año siguiente, Kyocera presenta el primer smartphone que permite el libre acceso a internet. En 2005 las suscripciones a teléfonos móvi- les llegaron a más de siete mil millones; ya había en el planeta más celulares que personas. En 2007 Apple da un salto cualitativo: presenta su IPhone, con pantalla táctil y tecnología multimedia, convirtiendo al smartphone en una mini computadora portátil. Al año siguiente, se lanza el HTC Dream, el primero con el siste- ma Android de Google. Juegos, noticias, cámaras, videos, redes sociales, paradójicamente, para lo que menos se usa hoy el celular es para hacer llamadas telefónicas. Y si bien su invención es magnífica, ya que nos permite estar en asiduo contacto con el familiar que vive en el extranjero como si habitara en la misma ciudad, trasladarnos sin perder cone- xiones importantes y hasta resolver grandes y pequeños incon- venientes cotidianos, lo cierto es que también han surgido inesperados efectos colaterales. ACCIDENTES EN AUMENTO Como el aparato está siempre a mano, pareciera que responder de manera inmediata un llamado o un whatsapp se transformó prácticamente en una obligación. Todos, al menos una vez, hemos sentido la necesidad de que nos respondan YA un men- saje recién enviado aunque no sea urgente. Lo mismo sucede cuando se nos interpela: algo nos hace sentir que la otra perso- na necesita que contestemos ahora, como si no existiera la opción de comunicarse más tarde. Como consecuencia, la con- centración tiene corto plazo y la ansiedad aumenta. Cuando este combo se junta al manejar, el corolario puede resultar fatal. “Los conductores que usan el teléfono móvil mientras conducen tienen cuatro veces más probabilidades de verse involucrados en un accidente que los conductores que no lo hacen. El uso del teléfono móvil durante la conducción reduce la velocidad de reacción (especialmente para frenar, pero tam- bién la reacción ante las señales de tránsito), y hace más difícil mantenerse en el carril correcto y guardar las distancias correc- tas”, advierte la OMS. Dicha organización alerta que leer o enviar mensajes de texto durante la conducción aumenta con- siderablemente el riesgo de accidente y que la modalidad “manos libres” no es mucho más segura que atender el teléfono de la forma usual. Según un estudio del Centro de Experimentación y Seguridad Vial (Cesvi), el 90 por ciento de los automovilistas que usan el celular mientras conducen cometen errores. Se puede tardar cinco segundos en ver quién llama o manda un whatsapp, o incluso elegir una canción: ese breve lapso de desatención al camino puede resultar mortal. DEL LADRILLO A LA PANTALLA TÁCTIL

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