Conexión Andrómaco 29

Con exión Andrómaco | 9 | Noviembre de 2015 Además de impartir lengua o matemá- tica, las escuelas hospitalarias cumplen un rol fundamental con los chicos internados: los ayudan a recuperar el deseo de aprender, crear y jugar. Reflexiones Todo niño tiene derecho a la salud y a la educación. Para cumplir- los están las escuelas y los centros de salud. ¿Qué ocurre si un chico no puede asistir a clases porque en su vida cotidiana irrumpió una enfermedad que lo obliga a estar largo tiempo en un hospital o bajo un tratamiento que le exige determinadas condiciones de asepsia? Un hecho tan tremendo podría cortar de cuajo su infancia, sumirlo en una gran tristeza, retrasar o hasta truncar su educación, es decir, dejar en pausa sus ganas de vivir. Por eso, las escuelas hospitalarias y domiciliarias son mucho más que la continuidad de la actividad curricular que el pequeño se vio obligado a dejar para curarse: son también el espacio que permite reconectarlos con lo que dejaron afuera, trascender muros, sueros y pinchazos, para crear, planificar, sociabilizar y volver a reír. ENSEÑANZA PERSONALIZADA Dado que las circunstancias de los alumnos pacientes son especia- les, la educación también es de modalidad especial. Los docentes cumplen con el cronograma oficial del ciclo lectivo y entregan informes o boletines, pero los chicos no tienen la cantidad de horas estandarizadas de las escuelas ni se sientan en un pupitre en un aula mirando hacia el pizarrón. “Las clases se imparten al pie de la cama, por la tarde, son personalizadas y duran unos 20 minutos. Los docentes les dejan tareas, algo muy importante para ellos ya que saben -y quieren- que sus maestras vuelvan”, explica Perla Cohen, directora de la Escuela Hospitalaria N°1 del Hospital de Niños Dr. Ricardo Gutiérrez. Los médicos visitan a sus pacientes para brindarles el tratamiento y actualizar los informes por la mañana, así que en esas horas los docentes las aprovechan para dar los talleres para pacientes ambu- latorios, y por la tarde imparten las clases a quienes no pueden moverse de sus unidades. “Los maestros tenemos asignadas distin- tas unidades. Yo estoy en Urología, Nefrología, Diálisis y Oncología. Siempre tengo que higienizarme bien las manos y ponerme barbijo para ver a mis alumnos; en algunos casos también debo ponerme camisolín y guantes para no llevarles gérmenes y bacterias”, cuenta Inés Bulacio, docente en la Escuela del Hospital Gutiérrez y nominada por el Global Teacher Prize como una de las 50 mejores maestras del mundo (ver recuadro). El niño queda inscripto en la escuela en cuanto se interna. “A diario hacemos un relevamiento de nuestros alumnos pacientes. Si hay uno nuevo, hablo primero con los médicos sobre su patología y el tiempo estimado de internación. Luego, me presento a los familia- res y después le imparto una o dos clases. Si la internación duramás de una semana nos contactamos con la escuela de origen; hablamos con su maestra y los directivos para que nos pasen los contenidos curriculares. Como la idea es que pueda reinsertarse en su grado, siempre tratamos de darles lomismo que verían en la escuela adap- tando los contenidos a las circunstancias que están viviendo”, explica Inés. A veces, por la condición de la enfermedad, los chicos han perdido ciertos aprendizajes y no se encuentran en el mismo nivel que estaban antes de que irrumpiera la patología. Se bloque- an. Muchos también tienen un enorme desarraigo ya que no sólo abandonaron sus casas para pasar tiempo internados, dejaron tam- bién sus provincias, sus pueblos y hasta sus países. En todos los casos contenerlos y respetar sus tiempos es fundamental. “Ellos quieren superar esta atmósfera dura y nosotros, los docentes, tene- mos el compromiso de prepararlos para la vida y que logren sacar lo mejor de esta vivencia adversa”, sintetiza Inés. Y vaya si lo logran. Quienes más notan los cambios de humor en los pacientitos son quienes más tiempo pasan con ellos y sus fami- Con exió Andrómaco | 9 | Abril d 2016

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