Conexión Andrómaco 21

| 14 | niños ya se quedaban atrás en su desarrollo físico, motor y de pensamiento. Y esta brecha se iba agrandando a medida que pasaban los años. Ahí lo comencé a relacionar con la nutrición. Hasta ese momento jamás se había hablado de desnutrición en Chile, solo se hablaba del hambre, que es un concepto erróneo. Determiné que había una subalimentación crónica en forma mantenida en cuanto a cantidad y calidad de los alimentos, que no eran los necesarios para desarrollarse de acuerdo con la fisiología de cada uno. El problema era mucho más serio de lo que yo podía solucionar, por lo que quería entenderlo mejor y saber qué factores estaban ocasionándolo. Ahí emprendí una investigación en el Hospital Pediátrico Manuel Arriarán, y luego constituí un grupo multidisciplinario de investigadores, el INTA (Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos). Al profundizar en la investigación nos dimos cuenta de que el problema no era solo del que sufría la desnutrición sino que era de la sociedad entera, porque un porcentaje muy alto de la población estaba sometida a un alto riesgo de mortalidad tem- prana y los que no fallecían eran verdaderos sobrevivientes lesionados. Además de ser una gran injusticia, la sociedad no podía avanzar y eso era, a mi modo de ver, la principal causa del subdesarrollo. Entonces llegamos a la etapa siguiente. Nos pre- guntamos, “¿es esto prevenible?”. ¿Quiénes fueron sus detractores? La idea sonaba rara. No tenía opositores pero sí había muchos incrédulos porque esta desnutrición que yo veía en la mortali- dad temprana y en el retraso del crecimiento se adjudicaba a otros factores. La primera dificultad era formar conciencia en la comunidad de que existía el problema. Yo lo llamaba un pro- blema oculto porque si tú no querías verlo, no lo veías. Decíamos: “¿Cómo va a ser normal que se esté muriendo el 70% de las personas antes de los 15 años de edad?”. A lo que la gente respondía que nadie se moría de hambre y sí de bronco- neumonía y diarrea. Lo que ellos veían era el resultado, no la causa. En aquella época la mortalidad infantil en el primer año de vida era muy alta y a todos les parecía muy normal. Incluso en mi familia, tres de mis hermanos murieron en los primeros años aun cuando éramos una familia acomodada. Y era normal que así fuera, todas las familias tenían niños que morían en los primeros años de vida. En ese tiempo gobernaba Salvador Allende. ¿Trabajó con ellos? He pasado por miles de gobiernos. Un secreto que nos dio mucho resultado fue crear conciencia del problema en los que estaban en la lucha por el poder y darles la información que les sería útil para alcanzar o para mantener el poder. Cuando llega- ba el momento de las elecciones empezábamos a pasar la cuen- ta. Pero incluso cuando logras tener el apoyo, debes pedir recursos económicos. Hoy día yo sé cuánto costó el proyecto porque lo hemos calculado: entre los años 1970 y 2000 el país gastó 23 mil millones de dólares para prevenir el daño precoz en los primeros años de vida. Si tú le decías al político en aque- lla etapa: “Es posible solucionarlo pero hay que invertir 23 mil millones de dólares y el resultado de esto no se verá mañana sino en la próxima generación”, el entusiasmo de los políticos decaía. El mayor esfuerzo y costo estaba en la prevención, por lo que elaboramos un programa de intervenciones específicas para implementar que necesitaba muchos recursos del Estado. Fue con Salvador Allende que comenzamos, pues, como era médico, entendió la importancia del problema e incluso usó la palabra “desnutridos” en su campaña. Sin embargo, cuando llegó al gobierno las cosas cambiaron debido a las vicisitudes que apremiaban. Luego vino el gobierno militar y ahí se creó, por recomendación nuestra, el Consejo Nacional para la

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